sábado, 14 de diciembre de 2013


Capítulo 7
Cuando peter llamó a mi puerta, le abracé con fuerza, apoyándome en su hombro.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.
Pareció un poco desconcertado, y me acarició el pelo de la cara cuando por fin le solté.

—Sí —sonreí, y subimos a mi habitación—. Es que me alegro de verte.

—¿Qué tal fueron las compras?

peter se dejó caer sobre mi cama, y yo volví a mi puesto de empaquetado de regalos que había organizado en el suelo.

—Bien, bien —suspiré.
No parecía muy convincente.

—¿Estás segura? —insistió—. ¿Habéis tenido una discusión euge y tú? Cuando volví me la encontré deprimida en su habitación, y tú también estás rara.

—No, no, me encuentro bien… —Deseé desesperadamente que no se me subieran los colores. (¿Existen cursos para aprender a mentir? Pues serían muy útiles. Me vendría bien
tener algunas habilidades en este ámbito) —. Es solo que fue algo agotador, ya sabes cómo pueden llegar a estar las tiendas de Londres un sábado. En cualquier caso, es un privilegio de las chicas poder deprimirse de vez en cuando —le dediqué mi mejor sonrisa pícara para cambiar de tema—. Probablemente, euge solo estaría cansada y no le apetecería envolver todos los regalos que compró. Ahora sé bueno mientras termino con esto.Creo que superé la dificultad.

Había escondido los regalos de peter, y los de mi familia estaban aún sin envolver. Megusta darles un aspecto bonito e imaginarlos debajo del árbol. Acababa de envolver un lápiz de ojos para cande y estaba atando una cinta a la caja mientras peter me miraba con
atención. Con las tijeras hice un pequeño tirabuzón en la cinta.

—¿Vas a hacer eso con cada regalito chiquito y minúsculo?
peter me sonreía burlón y yo solté las tijeras fingiendo enojo.

—¡La mitad de la diversión de la Navidad está en envolver regalos! —dije con una sonrisa—, es igual de importante dar que recibir, peter lanzani —añadí blandiendo las tijeras delante de él—. Y, sinceramente, si no los envuelves con cariño, te pierdes lo mejor.
Ricé con orgullo el otro extremo de la cinta y empecé con el siguiente regalo.
 Se inclinó hacia adelante, me alborotó el pelo y, después, encendió la televisión y esperó obediente a que yo acabara. Pero se quedó profundamente dormido antes de que yo terminara de envolver el último regalo, un CD de Brahms para mi padre.

Recogí con todo el cuidado que pude los lazos y las etiquetas, y me senté en la cama, desde donde podía ver la televisión. A decir verdad, me interesaba más ver la perfección del rostro dormido de peter. Creo que con mucho gusto le observaría así durante horas.
¡peter era mío, y ahí estaba, durmiendo cómodamente en mi habitación, en mi cama!

Al día siguiente, llegó cande a casa por vacaciones y, en realidad, era agradable ser de nuevo la hermana pequeña. Me alegraba que pudiéramos estar sentados alrededor de la mesa, a la hora de la comida, los cuatro juntos. Por supuesto, le conté lo mío con peter, y fue embarazoso cuando él apareció y ella le despeinó el pelo y le guiñó un ojo como si fuera un niño pequeño atrevido. Pero sabía que lo aprobaba, y que lo hacía con cariño, así que la perdoné.

El trimestre terminó el veinte de diciembre y peter llamó esa noche cuando volvió del trabajo.

—¿Quieres venir a casa? —pregunté.

—¿Por qué no vienes tú aquí, para variar? —dijo peter—. Estoy muy cansado. Y seguro que tus padres están hartos de verme aparecer por la puerta.

Tenía razón. Había estado buscando una excusa para no ir. Las cosas estaban raras entre euge y yo. Cuando tomábamos un café o nos veíamos a la hora de comer, hablábamos poco, como si fuéramos dos desconocidas. Evitábamos el tema.

 Parecía más feliz cuando se encontraba con Maria y paula. Así que yo, cada vez más a menudo, me sentaba con Rochi y dani. Por eso, me incomodaba verla en su casa. Además, quizá peter se diera cuenta de que algo había cambiado en mi relación con su hermana. A pesar de ello, no podía evitarle por más tiempo. Tenía que arriesgarme, porque, si no, por mi comportamiento levantaría
sospechas.

Me mordí el labio.
—Sí, claro. Iré a tu casa. Te veo en un rato.

Cuando llegué, había mucho ruido dentro de la casa y tuve que llamar a la puerta unas cuantas veces. Al final, la señora lanzani abrió la puerta, con una batidora chorreando en la mano y
harina en la ceja.

—Hola, lali. Lo siento cariño, los chicos han montando una guerra musical ahí arriba,creo. Sube.

Le di las gracias con una sonrisa y volvió corriendo a su cocina. Yo me armé de valor y subí las escaleras. Pude oír a euge tararear una canción de Los Killers. Al acercarme a la habitación de peter, se escuchó un estruendo de guitarras y batería, y, a continuación, estaba escuchando a Muse.

—¡Anda! Hola, preciosa. ¡Con cuánto sigilo has entrado! —peter alzó la mirada de su bloc de dibujo y me hizo un gesto para que entrara—. Dejé la puerta abierta para oírte llegar, pero… —se levantó de un salto, con las manos ennegrecidas de carboncillo, y me besó rápidamente antes de dirigirse al rellano—. Voy un momento a lavarme las manos —

vi a euge salir disparada de su habitación y entrar en el cuarto de baño a la velocidad de la luz antes de que peter pudiera llegar, y yo me escondí–. ¡Estupendo! Ahora tengo que usar el fregadero, ¿no? —oí a peter gritar desde el otro lado de la puerta.

Un minuto y medio después euge apagó la luz del cuarto de baño y adelantó a peter por las escaleras.

—lali está aquí —anunció peter.

—Tengo prisa, hermanito, tendrás que saludarla de mi parte.
Se fue, y no sé si me sentía aliviada por ello o dolida porque no quisiera saludarme. Aunque, supongo que debí llamar a su puerta antes de entrar en la habitación de peter, si
hubiera tenido valor para hacerlo.

—Un saludo de euge —dijo peter al volver a la habitación.
Asentí con la cabeza pero no dije nada. Una sensación de tristeza me golpeó y tuve que apretar los dientes para no llorar. peter se dio cuenta de que estaba triste.

—Os pasa algo, ¿verdad? ¿De qué se trata? —se sentó cerca de mí y pasó el brazo alrededor de mi cintura.
(¿Por qué tenía que ser tan perspicaz? Se suponía que los hombres eran incapaces de entender las emociones de las chicas). Me agarré con fuerza a él y contuve las lágrimas.

Quería contárselo desesperadamente. Siempre hemos compartido todo. La razón de que fuera tan feliz cuando estábamos juntos era que podíamos ser sinceros y estar relajados.
Ahora, me sentía mal, porque tenía la impresión de que le estaba traicionando a él a la vez que a mí. Después del comportamiento de euge, estuve a punto de soltarlo… Pero no lo hice.

—Déjalo, soy tonta —intenté disimular—. Lo siento —me senté más erguida. Al ver la cara de preocupación de peter, no pude evitar poner una mano en su mejilla y darle un beso

—. Últimamente, euge pasa un montón de tiempo con Maria y con paula, y no me caen demasiado bien; nos hemos distanciado mucho. Es solo que me está costando un poco habituarme. No pasa nada.
peter pareció satisfecho con mi respuesta e hizo un gesto de empatía hacia mí.

—Bueno, a mí tampoco es que me caigan muy bien Maria y paula. Y además, siempre puedes contar conmigo —me dedicó una irresistible sonrisa acompañada por un movimiento de cejas y recibió otro beso como respuesta.

Los familiares invadieron los hogares de los espositos y de los lanzani para celebrar la Nochebuena, y el «tiempo en familia» significaba que no vería a peter en un par de días…
¡Benditos sean los teléfonos móviles!
La mañana de Navidad, al despertarme y desperezarme noté que algo crujía a los pies de la cama. Me sentí como una niña que espera encontrar un calcetín lleno de regalos encima de la colcha, presionándome con delicadeza sobre los dedos de los pies. Me
incorporé y allí lo vi… Era real. Un calcetín. Aunque no el calcetín navideño tejido a mano de mi infancia, sino uno rojo de fieltro con un auténtico ribete de pelusa blanca. Era inconfundible.
¿Se habría vuelto loca mi madre? No había vuelto a vivir esa experiencia desde que yo tenía doce años. Me pregunté si estaría padeciendo esa angustia que sienten las madres cuando los hijos llegan a la edad adulta y sobre la que bromeaba mi padre cuando candela se marchó a la universidad. No, yo sabía que a mi madre no le pasaría eso. 
Entonces, sospeché de cande, quizá se había ablandado. Pero eso tampoco parecía probable. Resolví que solo había una forma de descubrirlo. Con un ingenuo júbilo navideño, me estiré hacia
abajo, agarré el calcetín y me asomé a él.

El primer regalo era una cajita plana más o menos del tamaño de la palma de mi mano, envuelta en plata y con una cinta dorada alrededor. Miré la etiqueta. ¡Era de peter! ¿Cómo había conseguido dejar este calcetín en mi cama? O se había compinchado con mi madre, o mi padre iba a tener algo que objetar respeto a que hubiera entrado de extranjis por la noche en mi habitación.

La nota decía: «Para lali, por el día que paseamos por el cementerio y tú encontraste esto y dijiste que te gustaba porque te recordaba a mis dibujos. Besos navideños, peter».
Con otro bolígrafo, había añadido: «envuelto con amor».

Me reí a carcajadas. Después se me saltaron las lágrimas de la emoción al ver los demás regalos, cada uno con su cinta y su etiqueta. 
Abrí el que tenía en las manos y encontré el
broche que habíamos visto en el escaparate de una tienda y que tanto me había gustado.

Ahora, más. Era de plata y tenía un diseño muy original.
Cada uno de los pequeños paquetes iba acompañado de una nota: el protector labial (él sabía que era mi favorito), «para que me des muchos besos»;
 una cajita de abalorios, «para que diseñes con tu ingenio cosas de chicas»;
 y chocolate del que me gusta «porque sé que no puedes resistir un día entero sin tu dosis de azúcar». 
Y todos ellos «envueltos con amor». No podía querer más a peter, pero en ese momento le adoraba con tanta intensidad
que dolía. Quería correr calle arriba y encontrarle y abrazarle. Cogí mi móvil y lo encendí
con impaciencia. Le escribí un SMS.

L: ME ENCANTAN LOS REGALOS. TE QUIERO.
MUCHAS GRACIAS. FELIZ NAVIDAD. XXX

Mi dedo vaciló sobre el botón de enviar. Estaba impresionada, nunca nos habíamos dicho «te quiero», pero era lo que sentía y quería que lo supiera. Así que pulsé el botón.
Diez minutos después, recibí un SMS.

P: A MÍ TAMBIÉN ME ENCANTAN LOS MÍOS.
YO TAMBIÉN TE QUIERO. FELIZ NAVIDAD.
XXX

Estaba taaan feliz que no puedo describirlo. Me abracé al edredón y releí el mensaje una y otra vez, hasta que cande entró en mi habitación sin llamar a la puerta. Mi madre le pidió que dejara a hurtadillas el calcetín en mi habitación, así que, por supuesto, vino a
fisgonear.

Por la tarde, otro SMS. Era de euge, que solo decía Feliz Navidad, y probablemente había enviado el mismo a toda su lista de contactos. Pero lo interpreté como una prueba de que, al menos, no me odiaba. Le respondí al mensaje y le dije que esperaba verla pronto.

El día del aguinaldo transcurrió envuelto en una nebulosa de comida. Al día siguiente, mi madre y mi padre volvieron al trabajo y, aunque el sentimiento navideño comenzó a disiparse, todavía podía comer chocolate y ver el DVD que me regaló mi primo. Así que les envié un mensaje a euge y a peter para preguntarles si querían venir a casa. A cande también le apetecía, por lo que imaginé que sería como en los viejos tiempos si euge y peter se
venían a casa y charlábamos todos y salíamos por ahí. Cuando peter respondió 
«En 15
minutos estoy allí. Besos» y no recibí respuesta de euge, pensé que se refería a ambos, no sé por qué. Pero cuando le abrí la puerta, estaba solo. euge se había ido a casa de Maria. Y, al final, cande se fue de compras, así que estuvimos únicamente peter y yo. Y aunque no logré que nos reuniéramos todos, disfruté mucho estando a solas con peter. Fue romántico:
acurrucados en el sofá, con la casa para nosotros…


continuara-----------------
Capítulo 6
Al día siguiente, tenía su respuesta en la bandeja de entrada.
Hola, chiquita.
El día de compras suena genial, me apunto. Pero estoy pelada, tengo poco presupuesto, así que tienes que prometerme que me inmovilizarás contra el suelo en el momento en que empiece a dirigirme al cajero automático. ¿Ok?
Besos.
euge

Me alegré mucho de que aceptara mi propuesta y de que fuera tan natural. Pero no tenía claro si sacar el tema de la ruptura cuando la viera o no. Por una parte, pensaba que debía esperar el momento oportuno, pero, por otra, sabía que tendría que estar mordiéndome la lengua para no preguntarle nada.

El sábado, las dos en la estación de tren, cogidas del brazo y relajadas, encontré un buen momento para charlar como buenas amigas. Intenté mantener el desenfado.

—La semana pasada me encontré a nico en Seedies. Fingió que estaba comprando un CD de jazz para su madre, pero yo estoy segura de que quería comprarlo para él —esperé su reacción, pero euge hundió más la nariz en su bufanda y marcó los tacones con timidez en el suelo húmedo. La euge que yo conocía cedería con un pequeño empujón, así que lo intenté de nuevo—. ¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, con un tono suave.

—Oh, no había nada que decir —dijo, un poco triste—. En realidad, nos veíamos no porque lo deseáramos realmente, sino porque se había convertido en una costumbre. Nos distanciamos, ya sabes. No éramos como tú y peter. Pero estoy bien, de verdad, de lo
contrario te lo habría dicho.
¡Yo no estaba segura.

—No lo entiendo, si parecíais felices cuando estabais juntos.
Me resultó un poco extraña la forma en que nos mencionó a peter y a mí… Las palabras sonaban como un cumplido, pero su tono era tenso, agresivo, casi como si nos estuviera
culpando…

—Bueno —euge se giró para mirarme a los ojos—. Estoy un poco triste, es normal, pero eso es todo. Será lo mejor, estaré bien, en serio.

Y así quedó la cosa. Me tranquilicé. Después de todo que no me lo hubiera contado no parecía tan extraño. No es algo que uno que uno escriba en un mensaje o por teléfono, y parecía estar llevándolo bien. No obstante, sentí cierta pérdida porque supe que podía
arreglárselas sin mí; siempre estuvimos unidas en situaciones parecidas. Quizá nos estábamos haciendo mayores.

En el tren, nos entretuvimos hablando de las compras y planificando el día. euge sugirió que fuéramos a St Christopher’s Place para comer y que pasáramos por la oficina de su padre para visitarle. Trabajaba casi todos los sábados.
—Está muy cerca de Selfridges y puede que nos invite a comer, así ahorraremos algo de dinero.

Me sonrió. Acepté, aunque por un momento pensé que habría estado bien no tener que mostrar un comportamiento modélico de «comida con los padres»; pero, oye, ¿por qué decir que no a una invitación?

La mañana fue divertida, aunque un poco agotadora por la multitud que teníamos que esquivar mientras caminábamos. Estuvimos de compras hasta la una, entonces nos tomamos un descanso para comer.

Nos dirigimos a la oficina del padre de euge, pero, cuando la recepcionista llamó a su despacho, un compañero le dijo que ya se había marchado. Encontramos una cafetería en la misma calle, y euge sugirió que nos hiciéramos con unas bebidas y nos sentáramos junto a la ventana para poder echar un vistazo por si acaso su padre volvía en los próximos quince minutos. Yo sabía que necesitaba dinero, pero me parecía un poco extraño que tuviera tanto
interés en verle cuando podría encontrarse con él por la noche en casa.

Se dio cuenta de que yo no estaba segura de querer esperar y dijo:
—Sería una pena venir hasta aquí y no saludarle… De todas formas nos íbamos a sentaren alguna cafetería, así que ¿qué más da?

Ella estaba decidida, y a mí, en realidad, no me importaba, así que no puse objeciones.

Después de un rato, le vimos volver a su oficina. euge me estaba contando por qué agustina herrera no había asistido a la fiesta de Maria la semana anterior. paula había llegado a la conclusión de que agustina iba detrás de su novio, Max, porque les había visto hablando. Como reina del drama que era, había exagerado tanto que Maria, la nueva mejor amiga de paula, se había puesto de su lado hasta excluir a agustina.

euge me estaba describiendo cómo se había encontrado a agustina llorando en los servicios después de clase cuando vi a su padre. Sin pensarlo, interrumpí a euge y le señalé con el dedo.

Desde entonces me he preguntado muchísimas veces si las cosas podrían haber sido distintas. Si me hubiera quedado callada y esperado un minuto más, justo lo suficiente para ver lo que estaba ocurriendo antes de hacer que euge mirara… Cuando se giró, pude ver que la mujer con la que estaba hablando su padre no era una compañera cualquiera, ni una clienta. Estaban cogidos de la mano. Ella le miraba fijamente, sonriendo. Se detuvieron en un portal, a menos de cinco metros de la oficina, se adentraron en la oscuridad, aunque no lo bastante como para que no se les pudiera ver, y el brazo de él rodeó la cintura de ella y se besaron.

euge se quedó inmóvil, sujetando aún con las yemas de los dedos la pajita amarilla y blanca con la que había estado golpeando el hielo de su Coca-Cola light. Observaba con atención.

Estaba pálida: puede que fuera la luz gris e invernal que se filtraba por la ventana. Por un momento, yo me quedé igual de paralizada. Solo les observaba, como euge. No podía hacer otra cosa. Vimos como la pareja se despedía y cada uno seguía su camino, y que su padre miraba alrededor mientras entraba en el edificio de oficinas. 

euge permaneció en silencio, así que hablé y hablé y decía estupideces anticipándome a lo que ella podía estar pensando.

—A lo mejor es una clienta. Tiene que ayudar a gente que ha pasado por cosas realmente horribles, ¿no? Puede que la estuviera consolando… O que sea una compañera cercana a una buena amiga, y que ella esté pasando por un mal momento… A lo mejor la
han despedido y se estaban diciendo adiós…

Ni yo me lo cría, eso no había sido un beso de despedida ni de consuelo, y aquella
mujer no parecía disgustada. Ninguno de las dos lo parecía.

—No saques conclusiones, euge. ¿Qué tal si entramos, le saludamos, mencionamos que
la hemos visto…? Podría explicarnos quién era…

Pude ver las lágrimas en los ojos de euge, que intentaba reprimir sus emociones con todas sus fuerzas. Entonces, de repente, se levantó de un salto, hizo chirriar las patas de la mesa contra las baldosas del suelo, cogió su bolso y salió corriendo de la cafetería. No se
detenía. Presa del pánico, recogí todas mis cosas y la bolsa que se había dejado euge debajo de su silla, recordé que no habíamos pagado las bebidas, busqué desesperadamente en mis bolsillos algo de dinero y encontré un billete de cinco libras gastado que le enseñé a la camarera agitándolo y lo lancé sobré la mesa antes de abrir la puerta con torpeza y salir corriendo detrás de ella, arrastrando por el suelo el abrigo y la bufanda, sin manos libres para ponérmelos a pesar del frío. Vi a euge desaparecer por una estrecha calle al otro lado de la plaza y adentrarse de nuevo en la muchedumbre de consumidores estresados, y maldije entre dientes mientras avanzaba con torpeza tras ella todo lo rápido que podía.

En Oxford Street, se perdió entre la masa de gente. Intenté descubrir en qué dirección se había ido, abriéndome paso entre todas aquellas personas. Ya no podía contener las lágrimas. Un autobús pasó despacio por delante de mí para detenerme en la siguiente parada. Lo seguí con la mirada, y entonces vi a euge en la cola para subir. Me apresuré y la alcancé justo antes de que entrara.

—¡euge! Espera, por favor…

Fue todo lo que pude decir mientras intentaba sin aliento llegar hasta donde estaba ella, con las bolsas de las compras girando descontroladas. Llorando. Con cara de culpabilidad se alejó del autobús, se dirigió hacia mí y también rompió a llorar. Nos sentamos en un banco cercano y nos abrazamos. Esperamos al siguiente autobús para volver a casa. Y euge 
se disculpó.
—Lo siento lali. No debería haber salido corriendo de esa forma.

—No pasa nada —la tranquilicé—. Me quedé tan sorprendida como tú, ya sabes, pero no te precipites, podría tener una explicación.

euge negó con la cabeza.
—Si te soy sincera, no fue una sorpresa tan grande para mí —esperó a que yo estuviera relajada para continuar—. Intuía desde hacía algún tiempo que mi padre se traía algo entre manos. En parte por eso quería sorprenderlo. Imaginé que nos podíamos encontrar con esto y que sabría hacerle frente. Sin embargo, cuando los vi me afectó más de la que esperaba. Me sentí demasiado débil y muy asustada; no pude acercarme a ellos y pedirles una explicación.

Recordé todo lo que ´peter me había contado sobre la madre de euge y sobre su enfermedad, y sentí rencor hacia su padre. En aquel momento pensé que se merecía un castigo.

—Aún podemos volver. Podemos esperar a que salga del trabajo. Estás a tiempo de decirle todo lo que quieras… Debes de estar tan enfadada, euge… De verdad, lo siento mucho.

—¿Sabes?, en realidad no estoy enfadada. Más bien estoy triste y asustada. No sé qué sería de nosotros si se fuera, lali. Eso no puede suceder… Tengo que hacer algo.

Después de todo lo que había pasado, me sentía confundida. Llegó el autobús y tuvimos que decidir si lo tomábamos o no.

—¿Quieres ir a casa? —le pregunté a euge.
Estaba desanimada, y yo era incapaz de hacer que se sintiera mejor.

—Vámonos. Creo que por hoy hemos tenido suficiente, ¿no?
Sonrió débilmente y nos metimos en el autobús justo cuando empezaba a llover.

Subimos al piso de arriba para observar en silencio cómo la gente se empujaba intentando abrirse paso por las calles excesivamente decoradas.
En el tren, intenté mantener una conversación con euge para distraerla. Parecía encerrada en sí misma. Yo quería saber qué le pasaba por la cabeza. Antes era capaz de adivinar sus pensamientos con facilidad, pero eso había cambiado.

—¿Se lo vas a contar a tu madre? —pregunté.

—¡No! —dijo como si estuviera disgustada, y retrocedí un poco. Me cogió la mano y habló en un susurro—. Escucha. lali, esto es un secreto, ¿vale? Sé que puedo confiar en ti, peo tienes que saber que es importante que nadie sepa lo que hemos visto hasta que no
descubra qué está pasando exactamente. peter tampoco puede saberlo, ¿de acuerdo?

No entendía su reacción…, puede que le resultara demasiado doloroso asumir lo que había visto y quisiera dar marcha atrás.

—Pero, euge, peter es la persona más indicada para hablar del tema. Él lo entendería, y además conoce bien a tus padres… Juntos podrías decidir qué hacer…, no tienes por qué pasar por ello sola.

Me soltó la mano y frustrada, se cubrió la cara.

—Pero es que no lo decidiríamos juntos, ¿o crees que sí? Ya sabes cómo es peter; cree que siempre sabe qué es lo mejor. Además, sé exactamente lo que haría: iría directo a mi madre. Creo que odia a mi padre, que quiere que se vaya… De todas formas, es el favorito
de mi madre y no le importa lo que yo sienta…

—¡Claro que le importa! —qué injusticia estaba siendo con peter

—. Te escuchará si se lo explicas.

Entonces, euge se puso casi a llorar, y yo me sentí confusa y desorientada.

—lali, escúchame, ¿vale? Lo digo en serio. peter es diferente contigo… Ay, da igual.

Sé que te preocupas por mí, pero esto no es asunto tuyo… Quiero decir que es mi familia… y sé que quieres ayudar pero no puedes entenderlo, no del todo. Lo que ha ocurrido hoy es mi secreto, no se lo puedes contar a peter… NO puedes decírselo, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza y farfullé un «claro» o dos.

 Le aseguré que haría lo que quisiera, pero me desconcertaba su forma de tratar todo esto. Me preocupaba cómo iba yo a estar con
peter sin hablar de ello. Pero en aquel momento no podía imaginar lo difícil que sería.

Continuaraaa

























viernes, 22 de noviembre de 2013

Capítulo 3

Abrí los ojos. Rayas finas de la luz de la mañana decoraban la pared de mi habitación a través de las persianas. Todo parecía estar igual, pero yo era distinta. Por una décima de segundo imaginé que la pasada noche había sido un sueño. Pero ahí estaba mí vestido,
hecho jirones y rasgado, con manchas de comida, y ahí estaba la chaqueta de peter colgada en el perchero.

Él había intentado una vez más persuadirme para que volviera al baile y, cuando me negué (¿a quién le podía importar un baile aburrido después de un beso como aquel?), le envió un mensaje a euge para avisarle de que yo estaba bien, y caminamos hasta la estación para coger un taxi de vuelta a casa. Pasé frío en el taxi, incluso con la chaqueta puesta, y peter me cubrió también con la suya. Fuimos todo el camino cogidos de la mano, y no podía
dejar de observar nuestros dedos entrelazados para asegurarme de que era real. Cada vez que miraba hacia él, lo encontraba sonriéndome. Pagamos al taxista, peter me acompaño hasta la puerta de mi casa y me dio un beso de buenas noches, el beso de buenas noches más increíble del mundo.

Abrí las ventanas y me asomé a la claridad otoñal. Luego, volví a meterme en la cama y me acurruqué bajo el edredón, sonriendo con profunda satisfacción mientras recordaba mi última visión de peter.
Mi móvil dio un pitido y di un salto para cogerlo y leer el mensaje.

P: ¿TE VIENE BIEN PASARTE POR MI CASA? HACE UN BUEN DÍA PARA PASEAR.
XXX

Me había leído la mente. Escribí media palabra de mi respuesta y escuché otro pitido.

E: HOLA, ESPERO QUE ESTÉS BIEN. NO TE PERDISTE GRAN COSA. Y NO TE
PREOCUPES, NADIE SE ACUERDA DEL INCIDENTE.
¿TE HACE UN CHOCOLATE CALIENTE EN EL CENTRO, DENTRO DE UN RATO?

De repente me atormentaron los remordimientos. Estaba a punto de arreglarme para ir a ver a peter, sin pensar en que aparecería en su portal como había hecho veinte millones de veces antes... Solo que esta vez iría para verle a él, no a euge. Me di cuenta de que podía
llevar los zapatos cambiados de pie sin darme cuenta. ¡Ay, Dios! Como dijo Raymond Chandler en The One Where Joey Moves Ouw «abres la lata y gusanos por todas partes».

¿Y si euge no lo aprobaba? Ella era la persona más importante de mi vida… Siempre habíamos estado ahí, la una para la otra… Pero estaba tan concentrada en lo que había ocurrido la noche anterior que ni siquiera había pensado en lo que podría suponer para
euge mi cita con peter. Si las cosas entre nosotros no salieran bien, se enfadaría conmigo, o con él. Aunque ninguno de los dos hiciera algo mal, si cortábamos, todo sería muy violento y no me sentiría capaz de aparecer más por su casa… Estos pensamientos me inquietaban cada vez más, y comprendí que tenía que solucionarlo cuanto antes, así que le envié un mensaje a peter:

L: ACABO DE QUEDAR CON EUGE. ¿ESTÁS LIBRE ESTA TARDE A ESO DE LAS CINCO?

peter respondió que genial y que vendría a buscarme, así que le respondí a euge:

L: UN PLAN ESTUPENDO. TENGO QUE DUCHARME. TE VEO EN CUARENTA
MINUTOS.

Estaba nerviosa: era una situación muy extraña. Parecía que se trataba de algo simple, lo había hecho un montón de veces, quedar con euge e ir en coche al centro a tomar algo, pero me sentía nerviosa. euge me esperaba en el coche, moviendo la cabeza al ritmo de su horrible música house, y cuando me vio acercarme, sonrió y me dedicó un alegre y cursi gesto de aprobación. No pude evitar devolverle la sonrisa. Me senté en el asiento del
copiloto y cerré la puerta.

—¡Abróchate el cinturón, nena! Vamos disparadas a Coco’s a tomar un café con sirope de chocolate.

Y con un volantazo diestro y rápido, salimos. Aparcamos en la plaza del mercado y fuimos caminando hasta el cajero automático. Allí, euge y el silencio.

—Estás muy callada, no estás preocupada por lo que ocurrió anoche, ¿no? Sé que fue horrible que todo el mundo se riera, pero fue una reacción natural, ¿sabes? Una vez que recogieron las cosas, todos preguntaron por ti; estaban preocupados por cómo te encontrabas. Bueno, todos menos agustin, que estaba un poco agitado. Pero, de todas formas, es una imbécil, y todo el mundo lo sabe. Nos lo pasamos genial hasta que ocurrió…

Intenta recordarlo. No fue tan divertido después de que tú te fueras.
¡Qué buena era euge! Contaba la verdad de la manera más dulce posible para hacer que
me sintiera mejor.

—Oh, fue mortificador. Seguro que me van a conocer como «el bicho raro que aterrizó sobre el bufé en el baile de Halloween» durante lo que queda de curso. Pero bueno, puedo reírme de mí misma. De todos modos, si la cosa se pone demasiado fea puedo emigrar. Probablemente, en Australia aún no se han enterado de lo que pasó.

Nos reímos y nos cogimos del brazo mientras caminábamos los últimos metros hasta Coco´s.

Coco´s es el mejor sitio de cafés y de tartas de la ciudad, y, quizá, el mejor en el que he estado en mi vida. Está en la parte más recóndita de la ciudad, cerca de la iglesia, y es descaradamente golosa... No creo que puedas encontrar muchos tentempiés salados, pero
hay tartas, bizcochos y pastelitos recién horneados, y el repertorio siropes, salsas y cremas más variado que he visto nunca. Entramos y nos acercamos a la barra, envueltas en una atmósfera cálida, dulce y con aroma a leche. Se podía escuchar un suave murmullo
mezclado con el ruido de la máquina de café.

Nos sentamos con nuestras bebidas y con un trozo de tarta de manzana y dulce de leche para compartir, y me sentí culpable por dejar tirada a euge la noche anterior.

—Siento mucho no haber vuelto al baile después del incidente. Gracias por intentar arreglarlo, estuviste genial, pero es que no pude afrontarlo. Sabía que necesitaba unas horas para recuperar mi sentido del humor, y para entonces ya se habría acabado la fiesta...
euge parecía sorprendida.

—No, no, no seas tonta, lo entiendo perfectamente. Perfectamente. Solo me sentía mal porque tu noche acabara así después de todo el esfuerzo que hiciste para que todo el mundo se lo pasara de maravilla.

—Bueno, en realidad... —sentí que se me encendían las mejillas mientras lo decía—.La noche no resultó tan mal después de todo.
No pude reprimir una sonrisa, y las cejas de euge se levantaron. Poniendo cuidado en no atragantarse, puso la bebida sobre la mesa con seria resolución y con una sonrisa socarrona que me indicó que yo no iría a ningún sitio hasta que me explicara por completo.
Ya estaba. No había marcha atrás.

—mariana esposito, desembucha, ahora mismo. ¿Qué hiciste? peter me envió un mensaje diciendo que iba a llevarte a casa en un taxi. ¿Cambiaste de idea y te fuiste a algún otro
sitio?
—No, no, es verdad que me llevó directamente a casa, no es que nos fuéramos por ahí ni nada. Paseamos y hablamos y eso, y peter fue realmente dulce y me hizo sentir mejor y fue... bonito. Un final realmente bonito después de todo.

Recordándolo se me hizo un nudo en la garganta, estaba feliz, y no podía evitar ruborizarme, a pesar de que me preocupaba que a euge no le sentara bien. No le podía mirar a la cara.

—No lo pillo, ¿quieres decir qué...? —euge estaba intentando darle sentido a mis palabras atropelladas—. lali —se inclinó hacia delante para leer mi expresión y levanté la mirada, aún colorada y nerviosa 

—. ¿Tú y peter?

No podía hablar. Solo asentí, y me sentía tan abrumada que tuve que tragarme algunas
lágrimas. Pero tenía que recobrar la compostura; se lo debía.

—euge, creo que yo también le gusto, estamos como… juntos..., creo — me encogí de hombros, como si eso quitara importancia a lo que pretendía explicarle—. Pero escucha — la miré a los ojos y estaba seria—. Si se va a hacer raro para ti, no tenemos por qué ser..., es decir, no quiero que las cosas se compliquen, es muy importante para mí. Ni siquiera sé si realmente significa algo, fueron solo unos cuantos besos... ¡Ay, qué rara me siento contándotelo! 

Me cubrí la cara con las manos y entre los dedos busque qué la expresión atónita de euge, que lentamente se convirtió en una amplia sonrisa y emitió un grito.

—¡¡¡lali!!! —extendió la mano desde el otro lado de la mesa y me dio con el puño en el hombro—. ¡Eso es estupendo! —no quería creer que lo había oído bien— ¡Lo digo enserio! —dijo—. Siempre pensé que podría haber algo entre vosotros dos, pero ambos sois
tan tercos y reservados... Creo que es genial, de veras. Y te preocupas demasiado. ¡Saldrá bien! Además, podemos quedar todos juntos —guardó silencio durante unos segundos y volvió a gritar—: ¡Podemos organizar citas dobles! ¡Será divertido!

Me agarró las manos y las agito llena de entusiasmo, como un niño pequeño. Qué aliviada me sentí. Entonces hizo una mueca.

—Aunque no sé por qué querrías besarle ¡puaj! —sacó la lengua y se metió los dedos en la garganta—. ¡Qué asco!

continuara............
esta novela es corta y pss es sencilla de leer va eso creo yooo empezamos con esta y seguimos con mas intensidad en las siguientes

rocioooooooooooooo jajjajajaaj ay esta el otrooooo













Capítulo 2
Si alguna vez te has descubierto mirando a un amigo al que conoces de siempre y de
repente lo ves, es decir, lo ves de verdad, como si fuera la primera vez…, como si fuera de
nuevo un extraño y estuvieras re descubriendo todas las formas de sus facciones, como
nuevos tesoros… Si te ha ocurrido eso, puede que entiendas lo que sentí el día que me
enamoré de peter.

Conozco a peter y a euge desde que tenía ocho años. Cuando se trasladaron a mi calle,
candela y yo llamamos a su puerta y nos presentamos con el descaro propio de esa edad en
la que uno todavía no siente vergüenza. A partir de ese día, siempre salimos juntos: peter,
que solo era un año y medio mayor que yo, euge y yo, y cande durante un tiempo antes de
comenzar la universidad. Tengo recuerdos de cuando correteábamos por nuestros jardines
jugando a la pelota o al escondite por detrás de basureros y garajes.
Pronto, euge y yo nos hicimos muy buenas amigas. Empezando el instituto juntas, nos
Sentábamos una al lado de la otra en el autobús 11 todos los días y, por las noches, nos
Quedábamos un rato charlando en el portal de alguna de las dos, en su habitación o en mi
jardín, según la época del año. Ella era la primera persona a la que acudía cuando estaba
entusiasmada por algo o necesitaba quejarme o llorar. Acabamos siendo como hermanas,
solo que estábamos más unidas de lo que yo lo estuve jamás con cande, porque éramos de
la misma edad y pasábamos por todo juntas.

La noche que todo cambió fue una noche de agosto, después de las siete de la tarde,
creo, porque la luz ámbar de la tarde estaba empezando a tornarse de color oscuro del
anochecer. euge y yo estábamos tumbadas en una manta sobre el césped de la parte
delantera de mi casa, mirando al cielo y hablando. Conversábamos sin parar sobre cualquier
cosa, desde cuál era el mejor bizcocho de chocolate hasta nuestras visiones más profundas
de la vida. Mi madre decía que no podía entender que siguiéramos encontrando temas de
que hablar, cuando prácticamente pasábamos juntas cada minuto desde que nos
despertábamos hasta que nos acostábamos. Pero, de alguna forma, siempre teníamos tantas
cosas de que hablar como átomos hay en el aire.
euge estaba colada por un chico llamado teo. Estábamos imaginando la forma de
conseguir que le pidiera salir cuando el rostro de peter apareció sobre nosotras, suspendido
en el aire.

—¿Qué  hacen, chicas? —preguntó.

—¿Ahora mismo? Estamos conociendo una nueva perspectiva de tu nariz —dije, y alzó
la mano a toda prisa para cubrirse la cara.

—Entonces, mejor nos sentamos. Y dejad ya de estar ahí tumbadas sin hacer nada
como… ¡como gandulas!

Lo dijo medio gritando y medio riendo, y yo me di en la cabeza por haber dejado que
mi boca hablara otra vez por su cuenta antes de que mi cerebro tuviera la oportunidad de
detenerla.

—Perdona… —euge y yo nos sentamos en la manta para que peter se uniera a nosotras
—. Solo bromeaba, ya sabes, tú nariz es estupenda, quiero decir que está bien, en fin…
Lo mío no era la oratoria. euge intentó rescatarme.

—¡lali! ¡Chist! ¡Déjalo ya!

Puso bizcos los ojos, luego se giró y empezó a hablar con peter sobre algún negocio
familiar o algo así, y yo miraba hacia abajo e intentaba que mi cara roja recuperase su color
¡Qué pava!

Cuando alcé de nuevo la mirada, vi que peter se reía de algo que estaba diciendo euge, y
una sonrisa increíble apareció fugazmente en su rostro. Mientras le observaba, la fuerza de
esa sonrisa me recorrió todo el cuerpo y fue como si me hiciera dar vueltas. No sé por qué,
teniendo en cuenta lo bien que lo conocía, al tiempo que sus ojos oscuros brillaban, mi
corazón latía desenfrenado. No podía apartar la mirada, así que me quedé observándole. Era
como si me estuviera empapando de él. Su pelo moreno, húmedo porque había estado
nadando, ya lo tenía un poco largo, de manera que se rizaba en las puntas y se le pegaba a
la cara y al cuello.

En cierto modo me quedé paralizada, acalorada y mareada al mismo tiempo. Mi corazón
latía rápido y fuerte, y solo le prestaba atención a él, al nuevo peter, que había pasado de ser
un niño grande y familiar a un hombre de diecinueve años en un décima de segundo, justo
delante de mí. No podía evitar mirar sus hombros anchos y musculosos mientras se
inclinaba hacia delante, con las piernas cruzadas y los codos apoyados sobre sus rodillas.
Estaba jugueteando con una brizna de hierba que había arrancado del suelo. Incluso sus
manos y sus muñecas me parecieron, de repente, preciosas.

Estaba totalmente confusa. Había entrado en un universo paralelo donde todo lo
encontraba alterado… ¿por qué nadie más lo había notado? ¿Qué estaba ocurriendo? Me
producía terror la posibilidad de que esta necesidad de alcanzarlo y tocarlo me anulara el
cerebro y mi brazo saliera disparado y le agarrara antes de que yo pudiera detenerlo.

—¿Te encuentras bien?

De repente, me di cuenta de que euge me estaba mirando… Seguramente tenía los ojos
como platos, como una completa idiota. El hechizo se rompió, pero yo me sentía como si
me hubieran dado una descarga eléctrica.

—Ejem, sí, claro —murmuré—. Quiero decir, no, de pronto me siento un poco rara.
Esperame aquí, voy por un vaso de agua o, mejor, por algo con mucha azúcar o cafeína
o…—. Me erguí sobre mis pies, y me dirigía hacia la puerta cuando caí en el que debía ser
educada y me giré—. Ah, ¿queréis algo de beber?

Pero creo que no escuché las respuestas. Estaba como aterrorizada o excitada, o
simplemente rara. Todo había cambiado de golpe y no estaba segura de si era transitorio…
No lo parecía. Aún no puedo explicar qué ocurrió, pero recuerdo que esa noche (o más bien
unas cuentas noches más) fui incapaz de dormir porque estaba pensando en peter. Cada vez
que cerraba los ojos, lo veía. He de decir que de forma totalmente escurridiza e
involuntaria, sonriendo, y riendo, e increíblemente maravilloso. Me pregunté cuándo le
volvería a ver. Pero entonces pensé en euge y en la reacción que tendría si descubriera lo
que me pasaba, y eso hizo que me sintiera rara. ¿Y si lo descubría peter? Quizá, él me viera
como otra hermana pequeña. Después de todo, éramos prácticamente miembros de la
misma familia (mi madre y la de euge decían que bien podríamos ser hermanas euge y yo).
¡Ay, Dios! Creo que al final quedé dormida de agotamiento imaginando lo duro que iba a
ser guardar este secreto.

Bueno, lo hice durante los dos meses más largos y angustiosos de mi vida. Cada día en
el instituto, cuando nos juntábamos con nuestros amigos y ellos se comportaban con
inmadurez, yo los comparaba con peter. Algunos de los más guapos eran los peores;
trataban a las chicas como basura porque creían que podían permitírselo. Y los demás no
eran más que unos idiotas; excepto algunos. Me recordaban a cachorros alterados, corriendo por las paredes o cayéndose…, solo que sin gracia. En contraste, o era peter diferente. Parecía que él nunca necesitaba ponerse chulo para impresionar a nadie. Era fuerte, pero no idiota, ni iba de macho como los chicos que se metían en peleas deliberadamente o cometían absurdas proezas para demostrar lo duros que eran o la cantidad de dolor que podían aguantar.
Cada vez que le veía estaba un poco más guapo que la vez anterior, y siempre que era
dulce, amable o educado admiraba que no intentara esconderse con temor a lo que los
demás pudieran pensar.

Me enamoraba cada día más. Pero cuando me senté en ese banco, fuera del hotel
Broadwich, en la semioscuridad, por primera vez en todas aquellas largas semanas, me di
cuenta de lo ilusa y tonta que había sido albergando la esperanza de que pudiera llegar a
gustarle. Después de esta noche, iba a ser el hazme rreír del instituto. Me cubrí el rostro al
recordar lo sucedido, los gritos y las burlas. Me consolaba pensar que solo quedaban un par
de trimestres de curso.

Planificaba cómo podría ir a clase minimizando el riesgo de que me vieran o hablaran
cuando oí que alguien me llamaba. Me encogí aún más haciendo un ovillo y me quedé en
silencio. «Si cerrara los ojos con la suficiente fuerza, a lo mejor podría desaparecer», pensé.
Pero entonces, ahí estaba peter.

—¡Por fin te encontramos, te hemos estado buscando todos! euge está desesperada —no
respondí, estaba demasiado cansada. Acomplejada, puse una mano sobre mi pelo recogido
y enmarañado, y peter se sentó a mi lado. Cuando me miró, su voz se suavizó—. ¡Estás
llorando! No te preocupará lo que ha pasado ahí adentro, ¿no? Se lo están pasando genial,
ya se les ha olvidado… Anda, vuelve a la fiesta.
Estaba siendo más dulce que nunca, pero no podía decirle lo que realmente iba mal.

«¿Por qué me compadecía tanto de mí misma?», me preguntaba.

—No creo que pueda. No me preocupa lo que la gente piense —mentí—. Pero esta
noche las cosas no han salido exactamente como lo había planeado —hice lo que puede por
sonar graciosa—. No pasa nada. Es solo que estoy algo… agotada, ¿sabes?

Pensé otra vez en lo que había deseado que pasara, como si lo viera a través de unos
cristales empañados: yo, con aspecto de estrella de cine, bailando con peter, mirándole a los
ojos… ¡Por supuesto que las cosas no habían salido como yo había planeado! Vaya, qué
idiota y qué infantil era. No pude evitar ponerme nerviosa otra vez, y cuando peter puso la
mano sobre mi hombro, un escalofrío indescriptible me recorrió de arriba abajo.

Levanté la mirada hacia él. Estaba alucinante con el esmoquin, y su rostro hizo que me
sintiera como un flan. Su nariz y su mandíbula pronunciadas, sus labios carnosos, y sus ojos
bonitos y tiernos que me miraban con comprensión me hicieron perder el sentido por un
momento.

—peter, yo… —no podía creer que fuera a decírselo, pero sabía que las palabras estaban
a punto de salir disparadas—. Deseaba que bailáramos juntos. Este maldito vestido…
Quería que no me vieras solo como la amiga rara de tu hermana pequeña. Pero todo salió
mal, y aquí estoy con una pinta espantosa, y probablemente me odies por haber dejado
plantada a euge sin decirle nada…

Bajé la mirada, avergonzada, consciente de que iba a lamentar este momento más tarde.
Pero entonces peter extendió la mano y me acarició la cara con delicadeza. Sus dedos se
encorvaron formando una pequeña cuna bajo mi barbilla, y me giró la cabeza para que le
mirara a los ojos. Creí que iba a desmayar. Cuando le miré a la cara, su expresión no estaba
cargada de pena, como yo esperaba; sus ojos brillaban y me estaba sonriendo

.—lali, no tienes una pinta espantosa. Estás muy guapa. Siempre lo estás. Y en este
momento, más que nunca. Porque tu pelo enmarañado y tu rostro churretoso demuestra que
eres una amiga leal, que siempre estarás ahí para ayudar a euge cuando te necesite. Te
preocupó que fuera a hacerse daño e interviniste para protegerla. Eso es más importante que
tener el pelo perfecto o un vestido precioso —se detuvo un segundo y creo que mi corazón
también dejó de latir—. Además, no pienso en ti simplemente como la amiga de euge desde
que teníamos… unos catorce años. Quizá siempre he tenido la esperanza de que pensaras
en mí como algo más que el hermano de euge…

Yo sonreía mientras intentaba asimilar lo que decía. Todo este tiempo… ¿Había estado
esperando a que yo me fijara en él? No podía creerlo. No quería moverme ni decir nada por
si acaso lo había oído mal o él estaba bromeando.

Alargué el brazo, temblando, para tocar su mano, que seguía ahuecada bajo mi barbilla,
y nuestros dedos se tocaron. Cerré los ojos por un instante mientras ponía su otra mano
sobre mi rostro. Me sujetó la cabeza con mucha suavidad y con los pulgares limpió los
restos de mis lágrimas. Mi piel parecía bailar. Cuanto más se acercaba a mí, más surrealista
parecía todo aquello. Se inclinó y sus labios rozaron los míos. Sentí un hormigueo por todo
el cuerpo hasta los pies. Me besó suavemente en la mejilla, luego en la otra, y entonces las
yemas de los dedos descendieron por mi cuello acariciándolo y, lentamente, encontró de
nuevo mis labios y nos besamos. A pesar de la brisa fría de la noche, nuestros labios
estaban cálidos. Los besos de peter eran ligeros y pasionales. Tenía todo un mundo por

explorar.


maaaascontinuaraaaa..............
chari espero que estes ya bien de tus ojosy que lo de tu internet se solucionee :).......rocio barbadillo creo que ya supiste QUE alguien la sigue  ;)